FERNANDO CASTRO / FER FRANCÉS
Perdidos
en el Palacio de las Apariencias
/ Del conflicto de un galerista y un crítico:
el macarra de Plasencia y el pijo de Carabanchel /
Uno tiene 62 y el otro 37, uno escribe sobre arte y el otro vende arte. Dos extremos u oficios dentro de eso llamado Mundo del Arte. Un nicho-negocio como cualquier otro, lleno de envidias, odios, amores, intereses, pulgas, amistades y guerras intestinas llenas de crueldad y psicopatía. El tamaño de este gremio de mercaderes y jueces estéticos es -al menos, en España- diminuto y exclusivo. Insignificante. Subterráneo. O sea, se conocen todos y todos saben de qué pata cojea el prójimo, de hecho, todos son -de alguna manera- cojos, piratas, bucaneros: en definitiva el mundillo del arte es la galaxia de los trileros y buhoneros, un círculo cerrado compuesto de ladrones de guante blanco que venden a su madre por un anillo o venden el anillo de su madre. O del artista. Vamos, que venden ilusiones. Aire. Éter. Efluvios. Unos para vender y otros para valorar, para historiar. Todo es lenguaje: así, en el Arte, el aire a veces es Bello, virtuoso, táctil, un lugar donde la alquimia del verbo sigue funcionando en el siglo XXI y donde el galerista y el crítico usan esas palabras para sobrevivir.
La cuestión es que -como en todo lucrativo negocio- existen jerarquías y cadenas; pirámides. Faraones, dueños y jerarcas. El artista ofrece al galerista un producto -la obra- que el galerista a partir de exposiciones y promociones varias -escritas por críticos y teóricos- acaba vendiendo a un coleccionista, a un particular, a un fondo de inversión o institución. Vamos, que se vende a quien sea -y lo que sea- con tal de que tenga pasta, pues el arte a nivel profesional cuesta mucha panoja, muchos cuartos, porque estamos hablando de poder, de esferas de poder como melocotones, como ya veremos, pero, ¿de qué depende vender o no vender?
Hoy día el Arte no le interesa a nadie -o a casi nadie, a pesar de las colas del Prado- y como todas las disciplinas de esta existencia multidimensional, el arte se ha igualado a un rasero común donde todos los pollos tienen la misma cresta: el Capitalismo o el Reino de los Interesases Creados. El arte hoy es indiferenciable de otro campo, excepto por el aura que aún -a pesar de Benjamin- sigue iluminando de forma tenue -a un nivel casi supersticioso- y que ciertas generaciones siguen valorando; si no fuese así, los museos estarían vacíos y nadie leería un solo libro. Lo que ocurra con el mundo artístico -a largo plazo- es un misterio que tiende al horror o al silencio, pero no más que en otras épocas pasadas desde que empezó esto de lo moderno, o sea, el mundo de la confusión. Lo que sí sabemos es que en la punta de la ruina civilizada aún se vislumbra lo humano dentro de lo estético -esa gran dimensión que nos eleva, que nos distingue-, transmitiendo la extraña sustancia que nos une a la naturaleza y que a la vez, nos aleja.
En medio de este escenario aparecen dos figuras que colisionan: Fer Francés (1989) -dueño de la galería Veta-, quien charla como invitado en un tétrico podcast (No he venido para hablar de mi libro) donde ofrece sus abiertas opiniones sobre algunos de los entresijos secretos del negocio del arte, dejando caer que ciertos críticos son una especie de mercenarios. Vamos, que si no deslizas sobres, no publican artículos sobre tu galería, que te marginan, que te aíslan; ostracismo. Segunda división. A quién alude o no, sólo lo sabe él. No da nombres. La cosa es que de inmediato aparece el Otro, Fernando Castro (1964), uno de los grandes popes de la crítica artística española, estallando como un volcán al sentirse aludido de forma directa y personal; denigrado hasta grado sumo. A partir de aquí, la guerra está abierta y no hay reglas:
- Castro comienza a realizar videos en Instagram negándolo todo, llamando mentiroso al galerista, defendiendo al gremio de la crítica española como un león herido.
- Francés -parece ser- que intenta comunicarse con el dolido crítico para aclarar que no se refería a él en ningún caso y que de hecho, le admira.
- A pesar de ello, Castro escribe un artículo en el ABC Cultural -suplemento del periódico en el que trabaja- y lo más bonito que le llama a Francés es Calimero.
- En stories fugaces y efímeros, el joven galerista no entiende la ofensa y se queja del trato, manteniendo la mayor parte de sus opiniones en el podcast; afirma tener documentos que avalan sus acusaciones.
- Castro hace un video de más de media hora en Instagram, sentado en una habitación de hotel en Pamplona, desahogándose a lo bestia, dando vueltas una y otra vez a lo mismo, insultando al galerista, humillándole en cada frase, en cada palabra, embebido en un ritornello del carajo. Además introduce una nueva polémica que involucra a su hijo Ernesto Castro (conocido youtuber filosófico), quien parece que estuvo a punto de colaborar en la galería Veta en el 2020, propuesta que hoy Fernando Castro niega que fuese un trato de favor por la primera y única crítica que Castro realizó en prensa escrita sobre Veta (además de la incongruencia del caso, pues la colaboración de su hijo nunca se materializó). En cuanto a los documentos mencionados, Castro, de forma muy chulesca, le anima a que los muestre.
Él se jacta de no necesitar documentos para defenderse.
Un circo más loco que el de Ángel Cristo.
Ya recordaba Swift a su manera que, históricamente se ha tenido a los críticos por asnos devoradores de brotes tiernos, por malas hierbas de flores nauseabundas y venenosas, por serpientes desdentadas de efluvios mortales, de rameras, concejales y manadas de lobos. O sea, que los críticos siempre han sido considerados como monstruos, seres proteicos que amenazan indirectamente desde su arte rumiante, pero ¿qué tipo de criatura es Fernando Castro y qué le ha hecho tanto daño, por qué esa violencia desaforada, qué resentimiento esconde? ¿O no será una estrategia del ambicioso Fer Francés para destronar al Auriga de Delfos de la crítica de arte española y de paso promocionar su galería?
Las hipótesis son múltiples y dispares.
¿Quién es el bueno y quién es el malo?, ¿se trata quizás de una alianza secreta y maquiavélica de ambos?
Después de que Castro haya demostrado públicamente que Fer Francés ha mentido en varias de sus acusaciones -involucrando erróneamente a los dos hijos del crítico- la ira se ha desatado y la ofensiva ha sido terrible.así, Fernando Castro, poseedor de dos caras públicas -una seria y rigurosa de especialista en crítica artística (youtube y prensa) y otra burlona y ridícula en sus comentarios cotidianos sobre objects trouvés (instagram)-, muestra una tercera de padre furioso e iracundo, de Vengador Tóxico, de Clement Greenberg en versión Mike Tyson cuando éste encontró a su mujer revolcándose con Brad Pitt en la cama. Parece ser que las reacciones de Francés han sigo efímeras o privadas y no pueden encontrarse actualmente en la red. Lo único que se encuentran son publicaciones del galerista haciendo snow, bañándose en un jacuzzy o alardeando de citas de lujo con chicas imposibles. Tal vez una frivolidad como respuesta -una manera evasiva de esconder sus mentiras, sus maliciosas y falsas puyas- o quizás simplemente, el modus operandi de un rey de las apariencias.
La cosa es que después de todo esto, el público se pregunta por qué un tipo de la categoría de Castro ha entrado al trapo a una artimaña milenial -facilona- de este tipo. La razón de por qué la crítica prestigiosa no se acerca a la galería Veta -durante estos últimos cuatro años- sigue siendo un misterio; la razón de por qué Castro no la visitará jamás, es obvia. El contenido de Veta -con excepción de algunos artistas- tiene un acento en lo virtual, en cuanto a que el origen de la elección de artistas por parte de Francés viene del bicheo en redes, en la elección de obras y artistas populares dedicados a todo tipo de figuración, vinculadas muchas veces a lo urbano, al género, a la infantilización de los contenidos, al pop o a la simple anécdota banal; tendencia de redes. Se trata de una galería con un contenido más materialista que idealista, lo cuál puede percibirse con facilidad en la entrevista a Francés en el mencionado podcast, dirigido por dos auténticos indocumentados, donde se habla en su mayor parte de dinero, de pasta y negocios oscuros. Quizás, a pesar de su enorme infraestructura -Veta es la galería más grande de Madrid-, de su enorme ambición y del gran entusiasmo de Francés, la cosa no llega -por el momento- al nivel de prestigio y se queda en el éxito comercial, en el puro negocio, en un circo estetizante bien montado pero que no acaba de convencer a ciertas esferas. Tal vez la crítica española no considere que Veta es un proyecto totalmente maduro y Francés un galerista de confianza, a pesar de representar a pintores de la altura de Abraham Lacalle, Edu Carrillo o Álex Becerra; tampoco se entiende su ausencia de ARCO, ya que a la feria asisten muchas galerías del corte de Francés.
Caballo grande, ande o no ande; el refranero no parece surtir efecto a estas alturas. Lo que sí es cierto es que Francés ha querido crear un proyecto de glamour a lo Chelsea o Tribeca, aportando a la escena artística española un vuelo anglo del que tal vez carece -casi todas las galerías suelen ser pequeñas o medianas- para mezclar el arte con el espectáculo; el alma con el dólar. Quizás, esa nueva mirada no encaja con una visión crítica más europea, tal vez más endogámica, como se dice de perfil bajo, desacostumbrada a esa exposición glamurosa, a ese lujo que muchos galeristas españoles guardan celosamente, manteniendo apariencias ciertamente austeras.
Mientras los mochuelos vuelven a sus respectivos olivos -uno a su vida de joven galerista forrado y el otro a su laboriosa vida de libros y exposiciones eruditas-, uno y otro tensan una fina tela de araña que de momento no se rompe, pero que representa una peculiar y frágil guerra fría, que establece una terrible confrontación no sólo entre cierto galerismo y la alta crítica, sino entre dos generaciones distintas: una con todo por delante y otra, conservadora, vigilante de los valores éticos de un mundo ambiguo y lleno de trampas, donde el Arte sólo acaba siendo un decorado en una batalla de dos maneras distintas de habitar el mundo. El pasado y el futuro y por otro lado, Swift advirtiéndonos de las múltiples caras y funciones del crítico.

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