ALCARAZ, SUPERNATURAL
Parece que a los medios deportivos les preocupa en exceso el cambio -inesperado- de entrenador de Carlos Alcaraz. Como si se tratase de una misteriosa debacle o una pequeña traición, la prensa se echa las manos a la cabeza al advertir este divorcio como un problema, que quizá no es tal y que se hace más necesario que caprichoso. En realidad nadie sabe los detalles de la ruptura, los motivos, las razones, las sospechas. Para qué seguir ahondando. Lo que sí se puede decir es que no es un caso aislado en el mundo de la elite: cuando un entrenador ambicioso como Ferrero encuentra a una joya como Alcaraz, lo primero que desea es convertirle en un profesional. Pero esa no es una mentalidad apropiada cuando tienes entre las manos a un tenista sobrenatural, excelso. La brillantez de Alcaraz no es culpa de nadie más que de su instinto, su placer y su talento. Si intentas borrar o endurecer dichas virtudes, la cosa se hace rígida y tomamos el camino de Nadal; lícito pero cruel. Dolor. La carrera de Nadal, al menos durante su última década, no fue fácil y mucho menos feliz. A Nadal -en algún momento- seguramente le robaron lo que le daba la frescura a sus veinte años: ahora Alcaraz intenta proteger estos tesoros únicos, distanciándose de un entrenador que quiere profesionalizar un milagro, de un mundo insaciable que le fuerza a ganar sin límite. Ferrero piensa así pues está ansioso. Los mayores logros de su carrera como tenista fueron dos: estar 8 semanas siendo el número 1 y ganar un grand slam. Eso a los 23 años. Visto lo cuál, no vamos a recordar lo que ha ganado Alcaraz a sus 22. Es otra liga, otra mentalidad, otro ser. Si Alcaraz no pierde sus pilares íntimos llegará a ser lo que es durante mucho tiempo. Si se hace rígido, si cree en el tenis como un trabajo, como una obligación o un negocio, todo se perderá y se hará feo. Ver jugar a Alcaraz es bello pues es imprevisible, es bello pues siempre hay una sonrisa; intenten recordar una sonrisa de Nadal o del propio Ferrero. Son gratis pero ellos no regalaban su alegría. El mayor poder de Alcaraz es no estar sometido a un YO egocéntrico, a un narcisismo competidor. Alcaraz es el número 1 del mundo de la ATP: su reinado -intermitente- ya suma 50 semanas.
Ferrero -dentro de sus virtudes- se ha equivocado. Ha intentado crear cuando él no es el artista. Ha intentado ser un dios, cuando el dios es el que corre por la pista. Y lo sabe. Ha intentado -de forma inconsciente- cometer el mismo error que cometió consigo mismo. Por eso son tan peligrosos los entrenadores, por eso es tan difícil ser uno bueno. Ferrero ha errado pero Alcaraz se ha dado cuenta a tiempo y no se ha dejado someter. Alcaraz debe vivir guiado por sus pulsiones y no por la de la vieja mentalidad del esfuerzo infinito y el dolor. Hoy Alcaraz es el deportista más natural que existe, menos acomplejado, más libre. De él depende que nadie le robe el fuego que en algún sueño birló a las divinidades: el don de ser feliz.

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