LOS REYES DEL PODCAST

 

 

 

  EL CHULO 

EL JIPI DE KRÁMPACK

Los reyes del podcast 

 

 



There is no place for weakness
(No hay lugar para la debilidad)

Estampado en la camiseta de Jordi Wild


 


Jorge Carrillo (Jordi Wild) y Ricardo Moya (El sentido de la birra) han entablado una conversación que trata de comentar la jugada común de ambos: el éxito de sacar pasta sin hacer mucho. Al menos, sus talantes relajados y soberbios transmiten esa tranquilidad de aquel que ha conseguido algo que le coloca por encima de la media. Básicamente se trata de dos adinerados jóvenes (40 y 36, respectivamente) que se jactan de haber salido del barrio y haber conquistado la luna. Por qué no decirlo: su autobombo y autocondescendencia revelan una falta de realidad y un narcisismo que en distintos niveles, dibujan a ambos personajes, cada uno en su propio retrato. La idea de realizar esta entrevista sugiere tintes puramente comerciales: conocer al ídolo. Como estrellas que son, líderes de opinión de un mundo muy particular que es el simulacro de internet -la second life en la que hoy habita gran parte de la juventud- se regocijan  en su propia fama, comentándola como si se tratase de un remember de Tómbola o Sálvame, en versión milenial, desnudándose en parte, revelando intimidades supérfluas, engolando la voz, pero ¿qué les hace especiales y por qué son perfiles similares sin serlo?

 

Jorge Carrillo ya era famoso antes de hacer entrevistas -o charlas- en la red, por hacer chorradas y bromas, videos de infantiladas medio gamberras y guarradas de todo tipo. Al pasar al tú a tú, proyectó toda esa vitalidad disforme en preguntas simplonas a gente cada vez más famosa. Por su parte, Ricardo Moya, pasó de hacer paellas a domicilio y tocar la guitarra, a entrevistar a cómicos, porque entre otras muchas cosas, él quiso -o sigue queriendo- ser cómico. Lo de Carrillo es una cuestión de llevar lo macarra al espectáculo; lo de Moya es el caso de un jipi que se rodeó de gente que sabía de negocios y se dejó llevar. Carrillo es el macho alfa del callejón, Moya es el pasivo, el chico bueno que te escucha. Uno es un Superratón musculado y el otro, un fumado que puso de moda emborracharse como excusa para hablar. Carrillo es más infantil, pero más empresario y Moya tiene más infancia, más habilidad. Tal vez uno es más auténtico que otro; pero no sabemos cuál. Lo que sí sabemos es que han entendido algo sobre lo espectacular o el negocio del espectáculo, que otros no han  sabido ver. Su falta de empatía, su rigorismo emocional, es quizás su truco mejor guardado. Nunca se enfadan, siempre tienen otra pregunta, no generan momentos incómodos y no se suelen meter en jardines demasiado peligrosos. Son los reyes de la prudencia: uno haciendo el papel del gamer guay que triunfa en la noche y el otro, la del jipi majo que busca el placer y la verdad. En realidad son valores que han calado inconscientemente en una audiencia cansada de otros formatos copados de presentadores y entrevistadores al uso. La sensación de que cualquiera podría ser ellos, les da su autenticidad, más aún en el formato de Moya, que hasta hace unos años hacía sus entrevistas en bares reales. 

 

 

El famoso a pie de calle siempre ha calado y ellos, en su deriva, han encontrado un sitio que estaba vacío, porque lo mejor de esto es que ninguno se hace una competencia directa y sienten viajar en el mismo barco (de hecho lo hacen, pues trabajan ambos para la plataforma Podimo). Así, parecen un yin-yang perfecto, dos caras de una misma moneda que algo tiene que tener de homogéneo: Carrillo es un amante de la violencia, Moya parece un pacifista nato. Carrillo es defensor de cierta masculinidad, mientras que Moya es un feminista declarado. Uno no lee -porque tiene que ir al gimnasio- y otro lee libros de educación, política y música. Uno se siente feliz siendo una superestrella y el otro aún sueña con ser cómico, músico, director de cine y pedagogo. La ausencia de curiosidad frente a la curiosidad enfermiza. La certeza tonta frente a la duda irrazonada. Ambos son muy ignorantes, pero esto les acerca a una audiencia masiva que nunca les percibe como una amenaza sino como una bendición. Un pasarratos. Eso sí: ninguno se considera periodista, sino creador de contenido, ese concepto tan extraño que aglutina desde gente que hace carreras de canicas a cocineros online, maquilladoras y personajes tatuados que hablan de su piel o susurran. 

Esto, por supuesto, es una hipótesis. Pero por ciertos comentarios, a uno le da por pensar que no está tan desencaminada la idea actual de que al vivir en un mundo idiotizado, sólo los auténticos idiotas pueden triunfar. No es descabellado pensarlo. Hay un grado de idiotez que conecta con la masa. La masa no piensa, sólo reacciona. Si la alimentas con su pienso favorito, no falla. La cosa es que cuando se ponen a hablar de cine, ellos -que son los mayores relativizadores de la red- se ponen a elogiar sin vergüenza alguna, films de un nivel tan bajo y una vulgaridad tal que a uno le da por reír. De mearse encima. Eso sí que es comedia, Ricardo. Pasando los detalles escabrosos por encima, ellos se jactan de hablar de cualquier cosa con cualquiera sin complejo alguno. Son los amos todopoderosos del diálogo infinito: un poder que ellos patrocinan para su propio beneficio. Hablar de lo que sea con quien sea, ese es el Karma. No hay criterio. Volviendo a las películas, es destacable el momento en el que mencionan la película de Idiocracy (2006) de Mike Judge, el creador de los famosos personajes y serie de animación homónima, Beavis and Butt-Head.

Una cosa son los dibujos animados y otros la realidad, pero Carrillo y Moya viven una ilusión parecida, escondidos en un mundo distante al de la materia, experimentan la realidad como el poeta en su torre de marfil, generando un distanciamiento peligroso con lo humano, sintiéndose invulnerables y privilegiados, cada uno en su estilo. La cosa es que al comentar Idiocracy, la elogian desmesuradamente, intentando romper el complejo de hablar de tonterías y sentirse idiota. La película trata sobre que el mayor tonto de la actualidad es lanzado a un futuro donde todo se vuelto muy idiota y nada funciona bien. En teoría cada uno vive la vida que quiere a su aire, pero en realidad el mundo es un desastre debido a la ignorancia. La idea es buena en el sentido de ser el reflejo de una  actualidad donde estamos viviendo un ola de estupidez similar, destruyendo referentes, olvidando el pasado, promocionando la comodidad de lo fácil y la vida efímera (internet); jamás en la historia los índices de suicidio han sido tan altos, jamás los índices de analfabetismo inducido han llegado a triunfar de esta manera. Y esto sucede por una falta de principios y un contexto de inestabilidad general en el que aquel que se lo tome demasiado en serio, cae. Sólo el fuerte, el exitoso y el idiota parecen tener una mínima esperanza de supervivencia, de amor propio. Y esto es la vida, no una película.

 

Cuestiones a parte, Carrillo y Moya, tal vez sin querer, promueven esta ideología del random intelectual, del conocimiento infinito, de la carencia de criterios y de la violencia como espectáculo o en su versión más dulce, del sentido común como máxima cima del conocimiento. Los aldeanos de todo el mundo llegaron a esa conclusión hace milenios. No milenial, milenios. Carrillo y Moya no se definen: dicen no sentirse periodistas, ni presentadores, ni actores... son sólo gente que habla con gente, podcasters o speakers que promueven la cultura pop en el mal sentido y que caen en las trampas del discurso del sistema, removiendo los tópicos, regresando a los estereotipos -acercándose peligrosamente al egocentrismo entrevistador de Pedro Ruiz- mientras se regocijan en sus montañas de billetes, viendo una y otra vez Idiocracy, una joya de nuestro tiempo donde ellos mismos se ven reflejados, pues tienen en cuenta -en su mente apocalíptica- que algún día, si se siguen esforzando como hasta ahora, llegaremos a ser tan tontos que no nos daremos cuenta. Eso sí, llenando sus cuentas.



El arte del diálogo llevado a lo espectacular es evidentemente una perversión más de la mentalidad liberal en su versión más infantilizada. Aquí cada uno se saca las castañas del fuego como puede pero, ¿justificar el modo de hacerlo por el simple hecho de sentirse autorrealizado, es lícito? ¿No se trata de cierta sobrada audiovisual, barra promoción, barra idolatría? ¿Autoidolatría? ¿Masturbación? ¿a dos? Un krámpack. En definitiva, aunque esto último casi nadie lo entenderá, ya que es una referencia a una película de Cesc Gay estrenada en el año 2000. Pues eso.

 


 

 

 Vale.

  

 

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