Antonio Palacios o el Orinoco de la Villa

 

 

Antonio Palacios

El Orinoco de la Villa  

 


Murió el último año de la Segunda Guerra Mundial, era gallego -de Porrriño-, arquitecto visionario y quimérico que pobló de templos medievales la desolada Villa de Madrid a principios del siglo XX. Madrid básicamente era un prado amplio, un pueblo de fincas y arboledas, tras las cuáles el curioso encontraba fuentes mitológicas o casones inmensos, casi fantásticos.

 
Uno de ellos fue el Banco Español del Río de la Plata, hoy sede magna del Instituto Cervantes, edificio curioso por su naturaleza fragmentaria, asombroso por su lujo helénico, acuciante y faraónico. Es extraño al ser aparentemente en esquinazo de un todo mayor nunca realizado; una muestra de lo que pudo ser una complejidad que se quedó en muestra, en fragmento peculiar de una mente arquitectónica sin límites ni prejuicios.
 

Barrios desperdigados, una Gran Vía esquelética y el Rastro, parecían dibujar una metrópoli que aún soñaba con serlo. En 1904, Palacios ganó junto a Otamendi el concurso para construir el Palacio de Comunicaciones, sede actual del ayuntamiento y verdadero delirio, casi irreal, escenario de un mundo utópico frente a Cibeles, la iracunda diosa cazadora.


Más arriba de Cibeles construyó el Círculo de bellas Artes, tal vez su joya más preciada: un palacio que escindía múltiples palacetes interiores, como una ciudad dispuesta en niveles. Un edificio a la altura de la estética futurista de Fritz Lang. Un edificio imaginario lleno de sueños y espacios oníricos.


Uno de sus edificios más extraños es el rara avis Hospital de Jornaleros de San Francisco de Paula, una especie de templo masónico construido en su momento en medio de la nada, lleno de misticismos y brujerías, que hoy se vincula a la estética pseudoliteraria de Harry Potter, ¿por qué Palacios imaginó un Hospital de esta manera digna de la tradición cátara, hija de las leyendas del rey Arturo y el cuento del Grial?

Levantó tres edificios en Gran Vía: el primero, el edificio Matesanz, una enorme mole colosal acabada en pináculos; el segundo, el Hotel Alfonso XIII, de envergadura y estética similar y un tercero, ya en Callao, el mítico Hotel Florida.









Todo su corpus constructivo tuvo una índole barroca, manierista en los interiores, acumulativa en los niveles; cada bloque es un mejunje de espacios apelotonados que se abren en balconadas internas que acaban en escalinatas infinitas o habitaciones irreales que, sin ser un Gaudí, exploró lo vegetal, lo orgánico, mas no desde lo gótico como el catalán, sino desde un romanticismo que dejaba de pensar en dioses y se centraba en el ser humano como centro gravitatorio, un animal de lenguaje que se merecía gozar de la inteligencia de las formas.

Antes de que apenas fuese nada, ennobleció la idea de un gran metro, diseñando bocas, herrajes y logos; él intuía que algún día sería enorme. Su don visionario le hacía soñar en las calles y barrios del futuro, en las aceras, baldosines y partículas que conformarían una urbe caótica digna de una mente del noroeste, de raigambre celta, de espíritu aventurero e independiente. 






 

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