ERNESTO CASTRO o el cerebro musical
Demasiado inteligente para ser artista, demasiado romántico para ser profesor. Lector inhumano, analista del infinito, niño del futuro. Sus libros no son tan interesantes como su ambiciosa sed de conocimiento, mezclada con una memoria similar a aquella del famoso Funes. Esta máquina-ser -venida de algún cuento de Philip K Dick- decidió abandonar la realidad para convertirse en un efluvio del código binario y bregar contra un ejército de fantasmas virtuales y cabezas parlantes, ¿es tal vez la reencarnación socrática que se da cada 1830 años? En medio del Imperio de los Bustos, aparece como un oasis retórico invadido de sabidurías ciertas y siniestras demostrando que lo gótico puede ser postmoderno cuando la lucidez se hace hegeliana y lo platónico desemboca en una de las bocas de Calígula.
Tiene un canal en Youtube y va a todas las entrevistas a las que le invitan, siendo el látigo de fuego de la actual sofística, entregada a las garras del cash, la fama y la verborrea. Nada nuevo. Es hijo de un CPD (centro de procesamiento de datos) llamado Fernando Castro, una especie de Clement Greenberg cruzado con Adorno, Guy Debord y Walter Benjamin.


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