PHILIP K. DICK o el taxón milagroso

 

Un escritor siempre debe asentarse en lo inquietante, lo innombrable. Recordemos a Beckett. Pero aún así, debe ir más allá. La mente es un pozo sin fondo donde caben gotas de LSD, fabulas cristianas, poemas metafísicos isabelinos, canciones de Schubert, de Schumann, lecturas ilimitadas de todo tipo de filosofías, revistas de ciencia y cielos estrellados. Todo eso mezclados con kilos de anfetaminas suele dar como resultado a un enfermo terminal. En el caso de Dick, su cuerpo le permitió desarrollar una de las carreras literarias más extrañas del siglo XX. En su juventud deseó ser un escritor clásico a lo Dostoievski, a lo Thomas Mann. Su madre era una psicótica, pero también una lectora empedernida que construyó un monstruo a base de dosis interminables de alta cultura. Música y literatura refinadas. Los primeros escritos de Dick intentan acercarse a sus ídolos de finales del XIX, pero poco a poco descubrió que en la época de posguerra, en un EEUU triunfante y henchido de poder, lo más fácil de publicar eran relatos de ciencia ficción, una moda para algunos como Harlan Ellison o Asimov, especialmente lucrativa. Su primera publicación tiene que ver con unos perros que persiguen al camión de los basureros que pasan todas las noches por el barrio. El perro sabe que son extraterrestres peligrosos. La paranoia deja paso a la realidad: al final del cuento, la hipótesis del can es cierta. Son asesinos, invasores de cuerpos. Así comienza su carrera y así se desvían sus sueños. Todo es una falsificación, una simulación de la verdad. Pero Philip es más listo que casi nadie. Aprovecha la ciencia-ficción para desarrollar sus ideas, sus descubrimientos, sus curiosidades. Él sabe que la información es eterna, que todo lo que ha creado la civilización humana es inasumible por una sola mente. Sólo una percepción, digamos esquizofrénica, puede moverse con soltura en un universo de historias que acaban inevitablemente en la conspiración o la paranoia. La mente esquizo trabaja como una máquina. El cuerpo no importa, sólo los deseos, la producción. Por eso quizás, el protagonista de Blade Runner persigue androides sin percibir que él mismo es uno de ellos, defiende lo humano persiguiendo seres que anhelan serlo o mejor aún, que desean superar lo orgánico. Así, las novelas de Dick hablan de sus problemas personales y sus eternas obsesiones de una manera pop-metafórica, disfrazando sus dudas de fenómenos sobrenaturales, de viajes en el tiempo, de abducciones, misterios, incidentes y rarezas futuristas que lo único que intentan es atraer la atención de un público lego ante las grandes cuestiones de la existencia, suministradas a través de distopías y terrores ficcionales. Su mente iba tan rápido que se le olvidó escribir: por eso, hasta no hace tanto, Philip K. Dick sólo era leído por grupúsculos frikis y lectores amantes de los ovnis, de los relatos unheimlich. Marginales por paranoia, inadaptados, nerds. El bajo nivel literario de la mayoría de sus obras le mantuvo lejos de las grandes editoriales y de la gran difusión, a pesar de lo cuál, sobrevivió mediante humildes publicaciones que iban, gracias al boca a boca, haciéndose legendarias.

Dick sabía que en el mundo había algo que no funcionaba bien, algo que tenía que ver con el tiempo, con la ilusión de las apariencias, con la enfermedad de las sociedades. Lo que muchos de sus adeptos no saben es que sus gloriosos argumentos provienen de autores tan antiguos como San Jerónimo, Basílides o Valentino, de su obsesión por los sesenios, por sus lecturas de Lucrecio y no tanto de autores evidentes como H. G. Wells o Lovecraft. Cuando por culpa de las adicciones Dick perdió los papeles por completo y acabó perdido en Canadá, lo único que llevaba en su mochila eran un par de mudas y una Biblia. Eso y el trauma por la muerte de su hermana gemela. Dick llegó a creer que vivía en una dimensión paralela a la de su hermano: cada uno vivía y moría en la contraría. Aunque todo fue culpa de su madre psicótica, él siempre lo asumió como una culpa personal. Dick, si sobrevivió hasta los 53 años, además de ser gracias a su enorme voluntad y a un entusiasmo inagotable por el conocimiento, fue por sus amigos y sus mujeres. Tuvo hasta cinco y casi todas le dejaron por su culpa, por su proteccionismo, por su miedo a las fuerzas ocultas, al FBI y todas las amenazas posibles surgidas de la Guerra Fría. Era un conspiranoico por el día y una mente lúcida por la noche. Perseguía sueños que tenía, los convertía en ficciones, escribía como una locomotora. Llegó a publicar  más de 30 novelas y más de 100 relatos a lo largo de 29 años, lo cuál es algo notable. Los hippies le salvaron la vida, los drogadictos fueron sus mejores oyentes, un público alucinado y alucinante. Creó comunas, asistió a clubes literarios para contar los avances de sus libros, de sus historias. La realidad era la materia disponible para sus fantasías. Su fantasía era la realidad. Fue un gurú en toda regla, un líder espiritual coetáneo de Charles Manson y Osho. Fue un artista disfrazado de escritor de ciencia-ficción. Una persona que a partir de cierto momento, a partir de una visión, creyó vivir en el año 70, en medio del Impero Romano. Algo ocurrió en su mente, demasiadas pastillas, un periodo de abstinencia, una visita al dentista, un medicamento, la visita de una mujer. Un mensaje desde otro mundo mezclado con el suyo. Miles de imágenes invadiendo su mente. Su cerebro era un receptor de mensajes incompletos. Él sabía que el Jesús bíblico, el profeta por antonomasia de la cristiandad, tenía un origen chamánico, casi de traficante de sustancias. Aprendió que los esenios fueron una secta psicodélica que usaba hongos alucinógenos en sus rituales, un tipo de taxón nacido en las cuevas que habitaban. El pan y vino de la novela bíblica. Los milagros, las multiplicaciones, las alegorías, las parábolas, los apocalipsis. Con todo eso, durante los últimos ocho años de su vida, se empeñó en anotar todos los pensamientos transmitidos por un rayo de luz que se le metió por el ojo y que bajo su consideración, contenía todas las respuestas de la existencia, aunque de una manera incompleta. La verdad sólo podía transmitirse en forma de ficción. La vía ortogonal. Así nació su última obra, la cuál no llegó a terminar y a la que llamó La Exégesis, o lo que es lo mismo, el comentario y análisis de lo que ocurrió en su cabeza el 2 de Marzo de 1974, la única obra literaria de alto nivel que llegó a producir una de las mentes más originales del pasado siglo.



 

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