NICOLÁS ORTIGOSA O el ostracismo holobionte
El Arte es profundamente peligroso. De aquellos que se aventuran en sus senderos, pocos son los que acaban sobreviviendo. La obra del artista siempre debe nacer de un impulso interior, de un rayo de luz venido del futuro. El futuro es una locura que alguien inventó para volarnos la cabeza. Tal vez, simplemente no recordamos. Dotados de otra conciencia, podríamos rememorar todo, incluso lo no acaecido. Pero vivimos en la cultura occidental, lineal, cronológica, cerrada en sí misma: una cultura que ha devenido materialista por la comodidad, inculta por la pereza. Lo anglosajón también ha tenido mucho que ver. Empirismo. Luteranismo. Pasta. Los artistas, esos príncipes del espíritu fundados en el romanticismo del lejano y extático XIX, sobreviven hoy disfrazados, confundidos y aletargados por la avalancha de intrusos, espías y vendedores de humo, rodeados de públicos insensibles e insensatos que sólo quieren canapés. Pero quizá, llegados a este punto, la única conclusión posible sea que la culpa es, en realidad, del mismo artista, ¿por qué si no el público ha abandonado las galerías y los museos de arte contemporáneo?, ¿por qué el imaginario de lo artístico ha acabado siendo sustituido por la cocina de lujo y las series de televisión? La lógica capitalista de los lugares expositivos es evidente, pero la mente del artista debe estar intacta, impoluta frente a esos fenómenos pasajeros. Ante la górgona fluorescente. El artista debe omitir la interrupción errática del anuncio, de la narrativa comercial, del periódico deportivo.
En toda disciplina artística hay dos opciones decisivas: la de trabajar el lenguaje o la de instrumentalizarlo con fines narrativos. En pintura se traduce en abstracción o figuración. Teatro o poesía. Hay artistas que comienzan en una y acaban en otra; otros que juegan entre ambas. La cosa es que cada artista tiene un lugar en ellas y debe descubrirlo para crecer y llegar allí donde nunca ha estado. El ejemplo de Ortigosa es ilustrativo: dibujante natural asentado en los grandes formatos, pero que empezó a recelar del hecho representativo, lo que le llevó a negarse a sí mismo y a esconderse tras una elegante solución de tapado. Ese gesto de ensombrecimiento marcó su obra desde un momento determinado, del cuál aún no ha logrado salir (¿quiere salir?). Argumenta sobre el peso, sobre el paso del tiempo, sobre el hecho de que la pintura se hace sola (Goya dixit); sólo hay que tener paciencia. Entonces, en ese finísimo umbral, el artista desaparece para dejar paso al ideólogo. Al pensante: pero el pensar es un arte que no es el del dibujante.
En cuanto a la paciencia, tiene razón: hoy el panorama artístico tiene mucha prisa. Demasiada. Y las galerías son tiendas de ropa y las ferias son reuniones de negocios. Nadie habla de arte. Todo es muy evanescente. En lo que no tiene razón Ortigosa es en la evidente conceptualización de su obra, la cual niega de forma rotunda, pero en la que se sumerge cada vez más en cada una de sus nuevas exposiciones, plegando y desplegando dibujos, creando laberintos repetitivos, erráticos. Oscuridad. Lodo. Under the Skin de Jonathan Glazer. Pues eso. Ya no hay Arte, sólo idea. Demasiada realidad. Desplaza la pintura para demostrar su concepto de ruina, de imposibilidad. No es pintura, es concepto. Por eso el texto de la exposición que ahora realiza en la Galería MPA de Madrid está firmado por Bea Espejo, una famosa conceptualista a ultranza, una crítica todopoderosa que sigue devorando a los últimos románticos que quedaban en este panorama de arte contemporáneo español que se pudre en un ostracismo holobionte, donde el espíritu se apaga para dejar paso a la depresión plástica que deja fuera las dos grandes fuerzas del gran Arte: el humor y la alegría.
O sea, la hermosura de vivir. De crear.
El texto de la ilustre crítica deja entrever una inquietante fascinación por Ortigosa y una cita de Ad Reinhardt: tal vez ella también ha caído en la trampa y una vez más el artista se ha salido con la suya. Dar gato por liebre. Pintura por concepto. Arte por efecto. Posible leyenda negra para un futuro incierto.



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