Erwin Olaf, Elliott Erwitt
En el panorama general del Photoespaña 2024 hay dos exposiciones que llaman la atención. La primera recala en el gran espacio del Centro Cultural de la Villa Fernando Fernán Gómez, reservado para artistas estrella. La visita, en cambio, decepciona al encontrar un ramillete de series fotográficas que van del minimal vintage, a la copia fraudulenta de artistas como Mapplethorpe. Su insistencia en el retrato no aporta nada y su puesta en escena es vaga, pomposa, insulsa. Todo son maniquíes y exaltaciones narcisistas. Una expo muerta. De hecho, Olaf murió el año pasado. Otra cosa es la muestra de la Fundación Canal de Elliott Erwitt, una maravillla portentosa - cierto que algo escasa-, de copias del propio autor -pequeños formatos en su mayoría- que reflejan la esencia que este fotógrafo legendario, sobrio, espontáneo, meticuloso y sorprendente consiguió a través del instinto de su mirada. Entre estos dos fotógrafos hay un abismo irreconciliable: uno nos muestra qué es el verdadero arte de la fotografía y el otro, la perversa deriva que ha tomado el oficio de hacer fotos hoy, con sus debilidades de grandilocuencia y vaciedad, muy lejos de lo real, substancia necesaria para generar la ilusión del momento sellado. Por cierto, Erwitt también murió el año pasado.



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