BOLAÑO EXPRÉS
Roberto Bolaño se hizo ilustre, en parte, a través del retrato fotográfico que le hizo Oswaldo Cruz. El escritor chileno siempre decía que la literatura no sólo estaba hecha de palabras. En la imagen sin color, aparece con sus gafas circulares, sujetando un cigarro casi agotado, sin afeitar, con cejas pequeñas pero populosas. Sus dedos, sin temblor, parecen dibujar el gesto de una pintura de Fra Angelico. En otras fotos sale de lejos, despeinado, riéndose. No hay muchas más: una de joven con gafas cuadradas, otra con lentes ovalados en un jardín, otras con lupas ovoides con gesto serio. En algunas aparece sentado, con chupa de cuero, solitario en hoteles, con melena, bajando de un avión, posando en una ventana, junto a los infrarrealistas, al lado de Parra, una con cara de profesor universitario sosteniendo una pared amarilla, otra en su casa fumando, echando un cigarro en un descampado, frente a su ordenador, en la playa, sacando molla, aplaudiendo con cara de circunstancia, con cara de poker, con gafas de pasta, con cara de enfermo y por supuesto, varias con sus esféricas lentes. Era un cuatrojos. Parecía un bibliotecario. Por eso la mejor sigue siendo la de Oswaldo Cruz. O eso parece. Bolaño llegó a finales de los 70' a España, después de haber vivido en México, de haber nacido en Chile. Persiguió sin suerte las pistas de sus orígenes gallegos; la fuente de su ambigüedad. Luego, en Girona, conoció a una chica por la calle a principio de los 80', se enamoraron y se casó con ella. Leyó, escribió y tuvo hijos. Vivió como vive un artista: al margen. Durante 7 años estuvo contratado por una editorial famosa. Luego la enfermedad, la sangre y las cenizas al Mediterráneo. Después de su muerte se hacen multitud de conferencias acerca de dimensiones, efectos y booms perplejos, dinamitados por su literatura. Por la literatura. Poetas famosas leen sus poemas, cineastas realizan documentales sobre alguien del que apenas se sabe algo. En realidad, sólo se conocen sus publicaciones. Su vida es un misterio. Un pasado de poeta romántico, un rebelde político, un carácter exagerado, humorístico. En la portada de sus libros aparece, por ejemplo, una joven sentada en una silla en medio de un campo de cultivo frente a un cielo amarillo, en otro, otra joven, apoyada bocabajo en una butaca, pone el culo en pompa. En un tercer libro, una mujer pelirroja mira al lector portando una sortija turquesa; parece una pintura. En otro, una mujer vestida de satén blanco luciendo su trasero ante un motorista perplejo, cubre la cubierta. Una mujer maquillada como un mimo aparece en otra. La más curiosa: una mujer sale ajustándose el cinturón; viste de cuero y no se le ve el rostro. Sólo importa el cuerpo, el misterio. En su último libro de poemas, una mujer baja una escalera desnuda a lo Duchamp. Dadá. Pese a todo, a partir de un momento -su muerte-, Bolaño empieza a aparecer en persona en la portada de sus libros, como si fuera un cantante o un modelo: a veces junto a James Joyce, en otro fumando solo, en el siguiente apoyado en su puño izquierdo, con los brazos cruzados, mirando en primer plano al lector. Los demás libros están estampados con perros, gauchos, ángeles caídos, águilas, postales de París, gladiadores, patinadoras y playas. Se publicó mucho tras su muerte y más que se publicará. La ola Bolaño aún crece en el océano. Cada vez aparecen más fotos, más entrevistas, más entresijos. Más cajas llenas de libretas. Dicen que en el futuro habrá un archivo con su nombre. Mientras, cientos de artículos y entrevistas perdidas flotan hacia la superficie de forma asombrosa, contando intimidades, mentiras, verdades y todo elemento que engrandezca la formación de un mito que desde el principio devoró la realidad. En vida, a muy poca gente le importaba; tras su muerte fue tan famoso como Jim Morrison. Bueno, no tanto, pero él no murió de esa manera tan ridícula. Bolaño dice que Donoso murió de manera ridícula, no como Roque Dalton. No le gustaba Huidobro, ni Neruda, ni Paz. Normal. No le gusta la Pizarnik, pero conoció a su última novia. El escritor no es memoria, sólo palabra. No hay público, sólo placer. Los personajes aparecen misteriosamente. Los escritores desaparecen misteriosamente. Todo llega. Eso decía en un poema. Todo llega. Fue amigo de Vila-Matas, de Juan Villoro, de Fresán. De uno de los tres aseguró que algún día ganaría el Nobel. Le gustaba hacer chistes. Intentó ser amigo de Javier Marías, pero entabló amistad con Ignacio Echevarría y Herralde. Una vez, cuenta, se encontró a Cortázar por la calle y habló con él. Le gustaba sus novela "62. Modelo para armar". Le gustaban los juegos de estrategia, los comics, la telerealidad, la canción "Lucha de gigantes" y decir que sabía cocinar. Al menos. esto aseguran algunas entrevistas. Otras, que la Literatura no entiende de naciones sino de lenguas, que la obra de Borges es perfecta, que hay que escribir los cuentos de cinco en cinco, que el arte es un mundo muy peligroso, que hay que escribir fuera de la ley y que para escribir, sobre todo, hay que vivir.


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