LUNA MIGUEL Y LA PRIVA FANTÁSTICA
El sábado 13 de Enero se publicó un artículo a doble página de la escritora madrileña Luna Miguel sobre el alcohol y la literatura. Este tema adolescente parece seguir dando guerra a estas alturas, regresando al terreno del mito y el snobismo infructuoso, ¿por qué sacar pecho de una cosa así? Un misterio. Ella que se confiesa víctima de esta adicción brutal, admite seguir deseándolo, necesitándolo para ejercer su oficio, para explicar su vocación. Vamos, Luna Miguel a lo Leaving Las Vegas, Luna Miguel a lo Marguerite Duras sin afeitarse el bigote. Poniéndose muy dura. Una alcohólica de verdad no podría escribir ni una sola letra de un artículo tan arrogante como este. Tal vez, a uno le da por pensar que Luna ha ido hace poco a ver la última de Kaurismaki y ha empatizado tanto con el protagonista de Fallen Leaves que se ha venido arriba. Quién sabe. Habla de transgresión, degeneración, decadentismo... una tipa que escribe en el Babelia con 33 años y que tiene publicados más de una decena de libros auspiciados en gran parte por enormes lobbies editoriales, ¿en realidad la magia del alcohol le ha regalado todos esos dones materializados en publicaciones insignes? Se hace terrible pensar que una joven como Luna, quien ha conseguido abrirse un hueco en este mundo terrible de lo escrito (o de lo editado), malgaste dos páginas de un ilustre suplemento para dejar volar su fantasía en aras de una infantilización de lo etílico. Caprichoso y vergonzoso. Todo esto suena a ilusionismo, construcción mitológica, propaganda narcisista. Internet. En todo caso, el alcoholismo debe tratar de otra cosa y no del dibujo que ofrece la poeta profesional, reconvertida en articulista periodística de baja estofa. Repito, si ella fuera alcohólica, si fuera presa de esa demoledora enfermedad, no podría siquiera pensar. Digo yo. Todo su cuerpo estaría entregado al trago. Imagino que el alcoholismo no puede elegirse ni desearse, simplemente llega y mata. El retorno infantil a una supuesta infancia ebria que sustituye el sexo de Las edades de Lulú por litros de bebedizos dispares, puede servirle a Luna para una novelita iniciática o un poema sucio, pero esta Luna Miguel a lo Bukowski, llenando las líneas con ridículos problemas de burguesa de primer mundo, apesta. Lo repito: apesta. Si Luna fuera alcohólica no gastaría su tiempo escribiendo o leyendo (lo cuál es aún más impensable) sino yendo y viniendo de licorerías y supermercados (incluso de gasolineras) buscando el mejor precio de la priva. Así, he aquí un autorretrato ficticio de una escribana que quizás ha perdido el sentido de la realidad y ha empezado a vivir en un pensamiento masturbatorio de bohemia de boquilla y postureo del malo. Así empieza lo peor de un sueño. Digo esto porque este tipo de autores mediáticos son bastante peligrosos pues por un lado no son idiotas ni mucho menos, pero por otro, son tan megalomaníacos que comienzan a bocetar su leyenda en cada intervención, como si el lector se mereciera algo así, como si tuviesen que venderse por norma. Es extraño. Una alcohólica no escribe dos páginas para un suplemento nacional: una alcohólica está en el hospital o tirada en una acera. Todos creíamos que el mito del escritor borracho ya estaba extinguido desde el siglo XX, y que ahora se daba otro tipo de cliché, de enfermedad. Tal vez podríamos comenzar a catalogar el solipsismo como un tipo ebriedad. Su artículo retrata una caricatura, una broma, un chiste mal contado, ¿será éste el prototipo de escritor de los nuevos tiempos, será éste el modelo de la generación Z o milenial o como quieran llamar a este cambalache de influencers que saben hacer de todo, estos amos del contenido sin contenido? A mí todo esto me suena a bola, a flipada burguesa de primero de primaria. A calimocho caliente. Hamburguesa. McDonalización cultural. En la juventud se suelen exagerar estas cosas, pero escribirlas a manera de loa, ¿no parece excesivo, innecesario? El alcohol no tiene voluntad ni objeto: en su coqueteo, hay gente que cae y gente que no. Es triste leer cómo Luna alardea de su relación con el alcohol de una forma tópica, a la manera de una falsa catábasis. No hay quien se lo trague: leyendo el artículo, la arcada le entra sí o sí al lector, motivada por una frivolidad sin límites y una inocencia sin gracia, adornada, para más inri, con bibliografía femme.
Chin chin.
Lo mejor: terminar el artículo y beberse un chupito
Lo peor: una frase del texto que versa: "Yo, que soy alcohólica pero ya no puedo ser alcohólica".


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