MORGAN: SÁLVALOS A ELLOS
Hoy la música es un tema inabarcable, inconcebible, lleno de espontaneidades, talentos varios y grupos efímeros que aparecen como hongos. Pero ya se sabe: cuanto más hay, más difícil es encontrar algo valioso. El pasado sábado 27 de Enero finalizó la última gira de Morgan, un grupo como pocos para experimentar la vibración de la música, la emoción del sonido, el talento. Iluminación loquísima, atmósfera absorbente y un hondo lirismo son los ingredientes de este conjuro de artistas que interpretan temas bautizados como River o Paranoid Fall. Son jazzeros, le dan al gospel, tienen rollo folky y beben del postrock con la garganta abierta. Lo viven, son un grupo, inspiran, hacen enmudecer por momentos. Morgan es un grupazo que llega al silencio interior del público, esa cuerda ancestral sólo movida por lo verdadero. La escucha de su música lleva a la hipnosis que trae a los fantasmas de lo inagotable. Su cantante, Nina, que además es la autora de las letras, es la estrella fugaz de un ejército de sensibilidad abriéndose paso en un mundo oscuro. De hecho, sus canciones se mueven entre la depre y la religiosidad pagana, entre lo natural y lo bello, entre la nostalgia y el vacío. La energía de su música compensa la negatividad de época, el abatimiento existencial de sus letras. Se podría decir que son realistas en la prosa y místicos en la nota. Esta combinación peculiar le da un toque de distinción frente a otros grupos que priorizan cuestiones más banales o falsamente positivas. Así, Morgan se separa de los clichés para entrar al bosque y navegar por el río de la locura.
Otra cuestión es la pretensión de corrección o perfección que muchos grupos intentan sublimar. Todo tiene que sonar perfecto, con las canciones calculadas, exactas... hoy parece que los grupos en general tienen ganas de bajarse del escenario, ¿por qué no extender más los recitales y hacerlos imprevisibles, salvajes, sorpresivos?, ¿por qué no romper las estructuras y dar al público caprichos en vez de estrategias planificadas de canciones, menús cerrados?, ¿por qué no volver al sentido fuerte de lo improvisado, de la conexión íntima con la grada? Un concierto no puede ser meramente un teatro, no puede ser meramente una interpretación. Tiene que haber algo más. En el mundo de la música de hoy, algo se ha perdido de la esencia de la puesta en escena. De hecho, aunque pueda parecer sorprendente, la cantante de Morgan se siente ridícula cuando sale a encabezar el escenario, saliendo de detrás de su teclado, su escondite, su paraíso. Llega incluso a excusarse entre canciones de su disgusto al hacerlo, de su miedo y nos muestra el ser débil que hay detrás de una heroica voz, un ser banal e infantil que rompe la magia del recital. Cuando no hay nada qué decir, es mejor callar y si a una lo único que se le da bien es cantar, pues a cantar. Discursos y chistes para otros. Todo esto, lo único que demuestra es una falta de compromiso con la responsabilidad; en un mundo donde nadie quiere dar la cara, todo se queda en la niebla.
A medida que un grupo va creciendo, se hace más importante el hecho de no romper la ilusión del momento -la ilusión creada-, de no cortar el hilo. No podemos interrumpir la película. Hay que creérselo. Se hace necesario interpretar el personaje dentro de Morgan, superar el nihilismo de la persona y acceder al valor del cantante, del artista. También es cierto que hoy los conciertos son extraños, pues un grupo como Morgan, al que normalmente deberían ir a ver gente - por generación- desde los 20 a los 50 como mucho, acuden curiosamente niños y ancianos. Es lo que se llama la McDonalización de la cultura: todo para todos. Este ambiente hiperdemocrático de los espectáculos desdibuja bastante la experiencia, al sentir al que acude que más de la mitad del auditorio están ahí sólo por hacer algo, por gastar el tiempo, por pasar el sábado y no por un motivo musical, por la emoción.
Lo peor: que cantan en inglés
Lo mejor: la voz de Carolina de Juan


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