LEOPOLDO PANERO: LA FARSA DE LA POESÍA ESPAÑOLA

 

 


 

Leopoldo fue un hombre que se creía un poeta como el que sueña con ser futbolista. Vivía en un mundo cerrado, en un mundo de elites y enchufes, escribiendo poemitas de la experiencia como si fuera el lírico de un cuento del siglo XIX. De hecho, murió con poco más de 50 años al no soportar la venida de lo moderno, de la vida, al asustarse al ver un fantasma de sí mismo. Su torre de marfil se derrumbaba y su estatus de bardo sensiblón, de elegido, caía por su propio peso. Vivió siempre de otros, del dinero de su familia, de los sueldos de un dictador. Fue sobrino de Carmen Polo. Sentía cosquillas en el estómago y creía que era la llamada de la poesía, cuando en realidad era el alcohol inmundo en el que se gastaba los cuartos para olvidar su mentira, su falta de talento. Publicaba en revistas que él mismo fundaba. Sus libros, su obra, podría arder para siempre y los ríos seguirían corriendo. Estudió en Cambridge, en Francia, conoció a Neruda, a Vallejo; no aprendió nada de ellos. Era un niño pijo que sabía inglés. Confundió la honestidad con el poder, la poesía con el homenaje. Perezoso, desconocido y agotado. Un supuesto inclasificable escondido en carpetas de papelería parroquial. Dicen que autocrítico e ilegible, dicen que atacó lo monocorde, pero es mentira. Él era la quinta esencia de lo monocorde. Fue censor y organizador de bienales de arte sin tener idea alguna. El símbolo de una tradición paralizada en lo nimio, en lo seco. Un palo poético. Un hijo suyo dice que fue fugitivo y desmedido, astorgano de principio de siglo, casado con una cirujana; ya es mucho decir. La verdad: fue una lagartija que vivió de la política cultural de una dictadura fraudulenta, que engendró una caterva de esperpentos junto a una maníaca subidita, de nombre hermoso. Les jodió la vida. Su verso "Un ángel, casi un ángel" es de lo único rescatable. Otro: "¿qué número infinito nos cuenta el corazón?". Poco más. Por esto le dieron en vida el premio Nacional de Poesía y el premio Fastenrath de la RAE. Échale. Su herencia familiar es pueril: un cineasta irresoluto, un poeta maldito y un prologuista de sus eximias obras completas, que constan de dos tomos, poesía y prosa. Ridículo. La eterna memoria de su mujer es tal vez la única obra maestra de una voluntad mistificada y casposa que dirigió gran parte de la cultura española desde la guerra hasta la modernidad, sumiendo por igual a su familia y a su país, bajo el yugo de un club de borrachos pedantes que bebían junto a embajadores y ministros. Creyó formar parte de una misión poética que naufragó en la idiotez, en el vaso de ginebra.

Lo peor: su obra
Lo mejor: sus hijos pequeños, Michi Panero y Leopoldo María Panero

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